Cual si fueras estrella de rock

Escribe Paola Gámez

Sarpane, Orcopampa

Todos los días me levanto a las 7:00 a.m. (eso si no me toca cocinar, porque de ser el caso, debo levantarme a las 6:00 a.m. si queremos que Claudia se vaya a su escuela con algo en el estómago). Me estiro y doy gracias a Dios por mantenerme viva aún.

Me voy al baño y si no está ocupado, me baño. Acá en Orcopampa la vida es muy fría y nos hemos tenido que adaptar a la sazón y desaciertos de todas en la cocina. Como bien nos dijeron, si de acá a dos años no hemos conseguido ser buenas maestras por lo menos saldremos siendo buenas cocineras.

Marisa (mi nueva y estrenada colaborativo), me espera siempre en el comedor mientras termina su desayuno apurándome con el “¿Ya nos vamos Pao?” (incluido el gran acento arequipeño). Mi impuntualidad todavía me acompaña.

Caminamos por las calles de Orcopampa hasta llegar al paradero mientras el sol se posa sobre nuestros rostros como prometiendo que se quedará, pero por lo general es mentira. Ya deberíamos habernos acostumbrado a las mentiras masculinas, pero siempre les terminamos creyendo.

No hay cosa más divina en el mundo que escuchar a una manada de niños, gritando tu nombre cual si fueras estrella de rock. Y propiciándote los más ricos besos y abrazos que puedas imaginar. Es el mejor inicio del día.

Sarpane está a 15 minutos de Orcopampa en carro por una carretera de trocha. Es un pequeño anexo campesino que no tiene más de 50 habitantes y está conformado mayoritariamente por chacras, unas 10 casitas y la escuela 41023 – Sarpane.

La escuela es muy bonita, verde, llena de vida. Ahí transcurre lo mejor de este relato. Es ahí donde sucede la magia. Donde el sapo se vuelve príncipe y donde Ícaro no le teme volar cerca al Sol porque sabe que no se quemará, por el contrario se hará grande y poderoso. Es ahí en medio de las cuatro paredes de mi clase que cada uno de nosotros nos volvemos superhéroes.

Superhéroes que se apoyan entre sí, superhéroes que descansan pero no desisten, superhéroes que aportan, que luchan por ser mejores cada día, que juegan fulbito en los recreos y no tienen reparo en incluirte en sus equipos, superhéroes que no paran de regalarte sonrisas y hermosos momentos.

La historia fantástica dura hasta la 1:30 que debemos volver a casa.

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La tarde en Orcopampa pasa casi inadvertida, pasa y no vuelve más. Entre planificaciones, mates de coca y reuniones con cuanta organización tenga Buenaventura convenio, se nos va la tarde y así los días y las semanas. Y de pronto un día te despiertas y dices, “Ok, no fue un sueño, llevo 1 mes en este recóndito lugar. Vamos a seguir jugando a ser superhéroes.”

Galeones, flotas, piratas: Historia del Perú

Escribe: Priscila del Águila

Enseñar Historia no es fácil. Los niños suelen aburrirse ante tanta fecha, tanto concepto descontextualizado, tantos nombres lejanos a nosotros… Por ello, la búsqueda de lo atractivo debe ser una constante en este tipo de sesiones.

Así, se me ocurrió adaptar una dinámica que realizamos en nuestro INVE. Para mis chicos, las indicaciones eran que los buques salen de Sevilla hacia Veracruz y Callao; en el camino, se encontrarían con piratas, quienes atraparían al buque convirtiéndolo a la vez en un nuevo pirata. El equipo de la “flota” son los que van hacia Veracruz, y el de “galeones”, hacia el Callao. Al final, ganaba quien se salvaba en la última ronda de ser atrapado y convertido en el equipo de piratas (¿te suena esto?).

Para darle más realismo al asunto, opté por disfrazarme de pirata. Cogí a mi loro de cuando tenía 5 años, mi abrigo de Willy Wonka, y las piezas adecuadas de mi armario, y voilá, estaba yo de cosplay total.

Jugando, entonces, aprendimos que:

  1. El puerto de España es Sevilla.
  2. El puerto de México es Veracruz.
  3. El puerto del Perú es Callao.
  4. Debido al monopolio de España y sus colonias, entre otras cosas, aparecieron los piratas.
  5. Los buques y navíos que iban hacia Veracruz son la flota, mientras que los que iban hacia el Callao eran los galeones.

El entusiasmo de mis chicos hizo valer las horas de sueño sacrificadas, la preparación de material, etc. Además, conociendo la realidad de mis “robotchuckies”, este tipo de actividades rompen con sus propios esquemas.

Quiero agradecer a mi colaborativo (Jocelyn, Kiara, Lucía), todas me ayudaron de una u otra manera. Asimismo, debo mencionar que esta dinámica estuvo pensada para que Kiara la realizara también, pero una vez más aprendimos: no todas las sesiones sirven para todos los grupos, cada salón es un propio sistema, y cada uno debe tener una propia planificación.

Por último, dejo algunas fotos (lamentablemente no hubo muchas tomas ese día) y la planificación pueden solicitarla a Claudia García o a mí.

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¿Mi experiencia?

Escribe Gabriel Cuba

Chapacoco, Orcopampa.

Preguntan por mi experiencia en Chapacoco. Francamente no entiendo la pregunta ¿Experiencia? No sé. Podría contar algo sobre el granizo cayendo en el rostro, quizá rayos brutales estallando alrededor tuyo o la intensidad de un monzón andino. ¿Será eso una experiencia? Imagino que sí. Seis bellas damas podrán dar testimonio de ello.

¿Pero y a quien le importa si tuve que subirme a un camión de basura para llegar a mi Escuela? ¿Qué más da si una tormenta nos aisló del mundo? Las paredes de la escuela discurridas por la lluvia macabra, la tarde cayendo a pedazos y nosotros ahí mirando el río crecer. ¿Qué, sí tuve que remangarme el pantalón y cruzar el riachuelo, hecho río, para poder subirme a la tolva de una camioneta, y viajar a Orcopampa con la ira del cielo desatándose sobre la cabeza, y tú, feliz, con la sonrisa clavada a las cumbres sin importar coger la neumonía.

Que importa la soledad tocando a tu puerta todos los días, y tú haciéndola pasar para charlar sobre los problemas que te abruman. Qué más da si tuviste una crisis y para componerte tuviste que tener una velada en la noche, donde los protagonistas fueron la habitación, las insondables charlas de Yirka y una botella de licor. Afuera el viento corriendo, el frío acariciándote la jeta con gentileza. Un poco de música y tu alma resucitando. Qué más da si pasó.

Qué más da el agua turbia del caño, qué más da el dolor de estómago sometiéndote a constantes sesiones de tortura… arcoíris de papel higiénico, pequeñas gotitas en las mayólicas baratas del servicio… y mucho, mucho dolor de tripas. Qué más da.

Supongo que se puede llamar experiencia a Eso. Supongo. Pero si me preguntas por la mejor historia de todas, entonces esa es la de una sonrisa, la historia de una sonrisa en el rostro de una niñita diciéndote sin más motivo: Gracias profesor. Esa es la mejor historia de todas, o experiencia… como infiernos prefieras llamarla.