No soy profesora

Escribe Sharon Abanto

Yo era una persona que se creía autosuficiente. Yo era una persona que nunca se había atrevido a salir de su zona de confort para no alterar a lo que llaman: equilibrio emocional. Había ya intentado una vez anterior pertenecer a Enseña Perú, pero sin éxito. Ahora entiendo que aún ese no era el momento para lo que iba a venir.

Este año cogí mi maleta y me enrumbé a lo que sería (es) una de las experiencias más gratificantes de mi vida; motivada por mis pasiones, persiguiendo mis sueños y haciendo caso a mi corazón idealista. Asumí el reto, el reto de dejarlo todo por un solo objetivo: llevar una educación justa, equitativa y de calidad.

El primer día de clases llegué a mi colegio con los bolsillos cargados de actitud positiva, y la felicidad se me salía de los poros a borbotones.  Sí, esa era yo, pisando el colegio por primera vez, así como cuando el Chavo pisa Acapulco, esa es la explicación gráfica de ese momento. Lo que vino después, el choque psicológico, es algo que mientras escribo esta especie de catarsis/desfogue/memorias/bitácora, humedece mis ojos. Y sucede así, porque yo, la chica autosuficiente no se sentía suficiente para el puesto. No era cuestión de autoestima o valoración, es una cuestión de buscar la excelencia, de querer superarse, de darlo todo por alguien más.

Bien dicen que las palabras hieren más que los golpes y  puedo dar fe. “No eres profesora”, sí, esa sentencia ha sido la que me ha acompañado gran parte del año escolar en curso, lo llevaba como un estigma, una cruz con la que habíamos sido marcados todos los PEP’s y que por toda la vida nos iban a juzgar y perseguir por tener el pecado mortal de no ser profesores.

#Noeresprofesora; se había convertido en un trending topic en mi vida.  Cada vez que escuchaba esas palabras sentía como iban cada vez calando y raspando el contenedor de energías que tenía (tengo) al iniciar este gran reto, el de ser profesora, siendo comunicadora social. Estaba en un terreno que no conocía, fuera de mi zona de confort, lejos de mi familia y mis amigos, estaba metida dentro de un sistema que aún no logro entender. Era un reto mucho mayor del que me habían contado, era tan retador como enseñar religión siendo feminista.

El asunto es, que no era profesora. No soy profesora. Y sin embargo, siento que en estas circunstancias, he hallado mi verdadera vocación y pasión: el de enseñar. Y hago hincapié en no ser profesora porque, en un sistema donde se está acostumbrado a lo convencional, a que lo común y lo normal es lo correcto, una persona que se sale de esos parámetros, de esos estándares, es un punto negro. De hecho, muchas veces he sentido que estaba haciendo todo al revés, he intentado convertirme en “una profesora” tercamente para calzar  en patrones mentales de forma incorrecta. Pero, como en toda historia hay quiebres, mi historia no es la excepción. De hecho, he tenido muchos, he flaqueado, he pataleado, me he frustrado, he llorado. Pero me ha ayudado a “subirme al balcón” y ver más allá de mis contradicciones. Llegué aquí con la consigna de brindar más que teoría, quería dar un enfoque multidisciplinario, quería dar una EDUCACIÓN DE CALIDAD. Pero  con lo que me encontré, es totalmente distinto;  yo era quien estaba siendo educada, sí, adopté el papel de estudiante, porque han sido ellos, mis estudiantes mis mejores maestros. Qué talentos uno puede encontrar deteniéndose un instante de esta atareada rutina. Qué maravilloso es conversar con ellos y ellas  de la vida, conversar de Malala, conversar de videojuegos, conversar de género, conversar de nuestros miedos y anhelos y es que son ellos quienes me motivan a seguir. Son ellos, mis estudiantes, quienes me inspiran a seguir esforzándome cada día a dar lo mejor de mí para brindarles más de lo que sé, con un único fin: es posible una educación de calidad.

Y bueno, no aprendí a ser profesora, no, aprendí a ser exigente conmigo misma, a no ser egoísta, a preocuparme por alguien más que no sea yo,  y buscar la excelencia en cada actividad que realice. No pretendo tampoco convertirme en una excelente profesora, quiero más que eso, no quiero solo ser impartidora de conocimientos, sino más bien generadora de conciencia social, ambiental, de justicia y equidad. Porque pienso y estoy convencida que el colegio es para eso; para formar ciudadanos que nuestra sociedad requiera.

Así que, he decido cambiar yo para cambiar a mi entorno, para movilizar a personas que me importan y de las cuales quiero contribuir y ser parte de sus vidas y acompañarlos a soñar con una sociedad más justa, alentarles en  sus metas, sus objetivos, teniendo la dicha de ser inspiración para ellos. Son ellos diariamente los que me regalan dosis de motivación. Es posible, siempre es posible.

norte

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